Enero de 1692. En Salem Village, una aldea puritana de Massachusetts, dos niñas —Betty Parris, de 9 años, y su prima Abigail Williams, de 11— empiezan a sufrir convulsiones, a gritar incoherencias y a contorsionarse de formas que aterrorizan a los adultos. El médico del pueblo no encuentra explicación física y pronuncia la palabra que encenderá la mecha: brujería. Así empezó la caza de brujas más famosa de la historia, pero Salem fue solo el capítulo final y más mediático de una pesadilla europea que duró casi tres siglos.

Salem: cuando el miedo se volvió ley
Las primeras acusadas fueron las más vulnerables: Tituba, una mujer esclavizada de origen caribeño; Sarah Good, una mendiga; y Sarah Osborne, una anciana enferma. Pero la histeria no tardó en devorar a la aldea entera. Entre febrero de 1692 y mayo de 1693, más de 200 personas fueron acusadas de brujería en la Massachusetts colonial. El tribunal especial aceptaba como prueba la llamada «evidencia espectral»: testimonios de que el «espíritu» del acusado atormentaba a las víctimas, algo imposible de refutar.
El 10 de junio de 1692, Bridget Bishop se convirtió en la primera ahorcada. Le siguieron muchas más, hasta sumar 19 personas ejecutadas en la horca —14 mujeres y 5 hombres— en Gallows Hill. Y aquí va un dato que desmonta las películas: en Salem nadie fue quemado en la hoguera. La ley inglesa prescribía la horca para la brujería; la quema era una práctica europea continental.
Giles Corey: «Más peso»
La muerte más brutal no fue en la horca. Giles Corey, un granjero de unos 80 años, se negó a declararse culpable o inocente cuando lo acusaron. Sin una declaración, el tribunal no podía juzgarlo, así que recurrieron a un castigo medieval llamado peine forte et dure: le colocaron tablas sobre el pecho y fueron apilando piedras cada vez más pesadas durante dos días para obligarlo a hablar. Según la tradición, cada vez que el sheriff le exigía una declaración, Corey respondía solo dos palabras: «More weight» —más peso. Murió aplastado el 19 de septiembre de 1692, sin haber pronunciado jamás una declaración, protegiendo así las tierras de su familia de la confiscación. Es la única ejecución de este tipo en la historia colonial de Estados Unidos.
La locura terminó cuando las acusaciones empezaron a alcanzar a ciudadanos prominentes de la colonia y los ministros más influyentes cuestionaron la evidencia espectral. El gobernador Phips disolvió el tribunal en octubre de 1692. En 1711, la legislatura anuló las condenas. Años después, varias de las jóvenes acusadoras admitieron que habían inventado los cargos.

El aquelarre: la fiesta que nunca existió
La palabra «aquelarre» viene del euskera aker (macho cabrío) y larre (prado): el prado del macho cabrío. Según los inquisidores, era la reunión nocturna donde las brujas volaban —untadas con ungüentos—, adoraban al diablo en forma de cabra, celebraban banquetes invertidos y planeaban sus maleficios. Suena a guion de película de terror, y lo es: no existe ni una sola prueba de que estos aquelarres ocurrieran jamás fuera de las confesiones arrancadas bajo tortura.
Los historiadores actuales creen que el mito del aquelarre nació de la mezcla de tres ingredientes: fiestas campesinas reales que la Iglesia miraba con recelo, el consumo de plantas con efectos alucinógenos en ungüentos «para volar», y la imaginación desbordada de los interrogadores, que le dictaban a la víctima qué debía confesar. El aquelarre fue, en el fondo, la primera gran «teoría de conspiración» documentada de Occidente: una reunión secreta de enemigos invisibles que justificaba perseguir a cualquiera.
Europa: tres siglos de hogueras
Lo de Salem, con sus 20 muertos, fue una miniatura comparado con Europa. Todo empezó con una bula papal, Summis desiderantes affectibus (1484), que convirtió la brujería en un crimen de lesa majestad divina, y con un manual: el Malleus Maleficarum o «Martillo de las brujas» (1486), escrito por dos dominicos alemanes, que enseñaba a identificar, juzgar y ejecutar brujas. La caza alcanzó su pico entre 1560 y 1650, alimentada por guerras de religión, malas cosechas y disputas vecinales que necesitaban un chivo expiatorio.
Las cifras son escalofriantes: se estiman unos 100.000 juicios por brujería en Europa, con alrededor de 50.000 ejecuciones. Ciudades alemanas como Würzburg, Bamberg y Tréveris vivieron auténticas masacres judiciales donde cayeron alcaldes, sacerdotes y niños. En Inglaterra, un cazador de brujas autoproclamado, Matthew Hopkins, se hizo llamar «Witchfinder General» y en apenas dos años (1645-1647) mandó a la horca a cientos de personas.
La mayoría de las víctimas europeas sí fueron quemadas —a diferencia de Salem—, y la inmensa mayoría fueron mujeres pobres, ancianas o socialmente incómodas: curanderas, viudas sin protección, vecinas conflictivas. La caza de brujas no fue una guerra contra la magia; fue una guerra contra las mujeres que estorbaban.
El final: Anna Göldi, la última bruja de Europa
La historia no terminó en la Edad Media, sino en plena Ilustración. El 13 de junio de 1782, en Glarus, Suiza, una criada de 47 años llamada Anna Göldi fue decapitada con una espada. La habían acusado de envenenar con agujas a la hija de su empleador —un médico y juez poderoso con el que, según las investigaciones posteriores, mantenía una relación que amenazaba su reputación—. Torturada hasta «confesar», fue condenada por un margen mínimo y ejecutada cuando en el resto de Europa los juicios por brujería llevaban décadas extinguidos. El escándalo fue internacional: un historiador alemán acuñó entonces el término «asesinato judicial». En 2008, el gobierno suizo la exoneró oficialmente, y hoy un museo en Glarus preserva su memoria.

Por qué esta historia sigue importando
De Salem a Glarus hay casi un siglo de distancia, pero el mecanismo es idéntico: miedo colectivo, acusaciones imposibles de refutar, autoridades que se benefician del pánico y víctimas elegidas entre los más vulnerables. Cada vez que una comunidad señala a un chivo expiatorio —en redes sociales o en la vida real—, la maquinaria de 1692 vuelve a ponerse en marcha, solo que con otros nombres. Si te interesa cómo la historia oficial esconde sus capítulos más oscuros, la conquista de América tiene historias que los libros omitieron; y para otro viaje al ingenio del mundo antiguo, descubre las tecnologías egipcias que cambiaron la historia.











