Cada octubre se repite la misma escena: decoraciones de Halloween llenas de gatos negros, y al mismo tiempo, refugios de animales que extreman precauciones con sus adopciones. ¿De dónde salió la idea de que los gatos negros «dan mala suerte»? ¿Y por qué, en pleno 2026, un color de pelaje sigue decidiendo el destino de miles de gatos? Separamos los mitos de la realidad.

Mito 1: «Un papa declaró la guerra a los gatos negros en 1233»
Lo que dice la leyenda: que el papa Gregorio IX emitió en 1233 la bula Vox in Rama declarando a los gatos negros encarnaciones de Satán, lo que desató siglos de matanzas de gatos en Europa.
La realidad, con matices: la Vox in Rama existió de verdad y describía ritos de una supuesta secta herética en Alemania donde aparecía un gato negro. Pero el documento no ordenaba matar gatos ni declaraba demoníacos a todos los felinos: iba dirigido a unos pocos eclesiásticos alemanes y hablaba de un caso local. La historia de la «guerra papal contra los gatos» es una exageración posterior. Lo que sí es cierto es que, con bula o sin bula, la Europa medieval asoció a los gatos —especialmente los negros— con la brujería: se creía que las brujas se transformaban en ellos o los usaban como «familiares», espíritus ayudantes. En fiestas populares se los arrojaba a hogueras y se los perseguía, y esa violencia dejó una huella cultural que dura hasta hoy.
Mito 2: «Los gatos negros son los favoritos de las brujas (y de Salem)»
Lo que dice la leyenda: que en los juicios de Salem de 1692 los gatos negros eran prueba de brujería.
La realidad: en Salem los gatos aparecieron en testimonios como «evidencia espectral» —testigos que juraban ver gatos susurrando hechizos o entregando familiares—, pero eran parte del delirio general, no el centro de las acusaciones. Lo interesante es el contraste: mientras en la Europa puritana el gato negro era sospechoso, en el antiguo Egipto los gatos eran sagrados y la diosa Bastet se representaba con cabeza de gata. Los egipcios los adoraban tanto que momificaban a sus gatos. El mismo animal, dos destinos opuestos según la cultura que lo mire.

Mito 3: «En Escocia y Japón dan buena suerte»
Esto no es un mito: es verdad. En Escocia, un gato negro en la puerta de tu casa se considera señal de prosperidad. En Japón, se cree que atraen la buena fortuna y el amor. En algunas zonas de Inglaterra, novias del siglo XIX recibían gatos negros como augurio de un matrimonio feliz. La «mala suerte» del gato negro es un invento cultural de Europa continental y la América puritana, no una verdad universal. Si la superstición fuera real, la geografía no la contradiría.
Realidad incómoda: el «apagón» de adopciones en octubre
Aquí la superstición deja de ser folklore y se vuelve un problema real. Cada octubre, numerosos refugios de animales en Estados Unidos y otros países suspenden o restringen las adopciones de gatos negros durante Halloween, por temor a que sean adoptados para rituales, bromas o sacrificios. Las organizaciones protectoras lo confirman año tras año: es una medida de precaución, no una leyenda.
Y hay un sesgo más silencioso que dura todo el año: los gatos negros suelen ser los últimos en ser adoptados en los refugios. ¿La razón? No posan tan bien en fotos —su pelaje oscuro «desaparece» en las imágenes de los catálogos de adopción—, un fenómeno que los voluntarios llaman black cat bias. En la era de Instagram, hasta los gatos sufren por el algoritmo.
Lo que dice la ciencia (spoiler: nada malo)
El color del pelaje de un gato lo determina la melanina, el mismo pigmento que da color a nuestra piel y cabello. No existe —ni puede existir— ningún mecanismo por el cual el color negro atraiga la mala suerte. De hecho, algunos estudios genéticos sugieren que los genes asociados al pelaje negro en felinos podrían estar vinculados a una mayor resistencia a ciertas enfermedades, aunque la evidencia aún es preliminar. Lo único que un gato negro atrae con seguridad son pelos en tu ropa negra. Eso sí es un hecho científico.

Los gatos negros que sí trajeron suerte (en la ficción)
Irónicamente, algunos de los gatos más queridos de la cultura pop son negros. Jiji, el sarcástico compañero de Kiki: Entregas a domicilio, del Studio Ghibli, es un gato negro entrañable. Thackery Binx, el gato inmortal de Hocus Pocus (Abracadabra), es un héroe con pelaje negro. Y Salem, el gato parlante de Sabrina, la bruja adolescente, convirtió al «familiar de la bruja» en el personaje más divertido de la serie. La ficción, al menos, ya hizo las paces con ellos: los presenta como ingeniosos, leales y con mejor sentido del humor que sus dueños.
Veredicto: la superstición es el único maleficio real
Repasemos: un documento papal malinterpretado, siglos de asociación con brujas que nunca existieron, y una geografía caprichosa que convierte al mismo gato en amuleto o en maldición según el país. El gato negro no da mala suerte; la mala suerte se la damos nosotros, cada vez que un refugio tiene que esconderlos en octubre o que uno espera meses una familia por salir mal en las fotos.
Así que este Halloween, si un gato negro se cruza en tu camino, no cambies de acera: salúdalo. Y si estás pensando en adoptar, ya sabes lo que los gatos piensan de nosotros —quizá sea hora de corresponderles. Elige al negrito del fondo de la jaula: es el que más te necesita y el que menos superstición merece.










