Gritas, te tapas los ojos, juras que es la última vez… y al fin de semana siguiente estás viendo otra película de terror. ¿Por qué nos gusta pasar miedo? La psicología lleva décadas estudiando esta contradicción y tiene respuestas fascinantes: desde el masoquismo benigno hasta el cóctel químico que tu cerebro libera con cada susto. Desmontamos 5 mitos sobre el placer del terror. Y de paso, algún consejo práctico para disfrutar del miedo este Halloween sin pasarlo mal de verdad.

Mito 1: «Nos gusta el miedo porque somos un poco masoquistas»
Realidad: es masoquismo, pero «benigno». El psicólogo Paul Rozin, de la Universidad de Pensilvania, acuñó el término benign masochism (masoquismo benigno) para describir por qué disfrutamos de sensaciones que en teoría deberían desagradarnos: la comida picante que quema, las montañas rusas que nos ponen el corazón a mil… y las películas de terror.
La clave está en el contexto: el cerebro interpreta la señal de dolor o peligro, pero sabe que no hay una amenaza real. Es como el picante: pica, pero sabes que no te va a pasar nada. El terror funciona igual: tu cuerpo reacciona como si estuvieras en peligro mientras tu mente disfruta del espectáculo desde la butaca.
Mito 2: «Todo es culpa de la adrenalina»
Realidad: es un cóctel químico completo. Cuando te asustas, tu sistema nervioso simpático activa la respuesta de lucha o huida: se libera adrenalina (el corazón se acelera, los sentidos se agudizan), pero también endorfinas y dopamina, los neurotransmisores del placer y la recompensa.
Lo más interesante, según la investigadora Margee Kerr, especialista en la psicología del miedo, es lo que pasa después del susto: el alivio de «haber sobrevivido» produce una oleada de euforia. Por eso tras un buen susto solemos reírnos: es la risa del alivio, y es adictiva. Cuanto mayor es el contraste entre tensión y seguridad, más intenso es el subidón.

Hay incluso una teoría clásica que lo explica: la transferencia de la excitación del psicólogo Dolf Zillmann. Dice que la activación fisiológica del susto no desaparece de golpe, sino que se «transfiere» a lo que sientes justo después, intensificando el alivio y la risa posterior. Por eso la película da más risa comentada con amigos que vista en silencio: el subidón se contagia.
Mito 3: «El cerebro no distingue la ficción de la realidad»
Realidad: la distingue perfectamente, y ahí está la gracia. Tu amígdala (el centro de alarma del cerebro) reacciona al susto como si fuera real, pero tu corteza prefrontal —la parte racional— sabe en todo momento que estás viendo Netflix en tu sofá. Esa tensión entre alarma y seguridad es exactamente lo que genera el placer.
Es el «peligro controlado»: puedes asomarte al abismo sin caerte. La misma lógica explica por qué nos encantan las montañas rusas o los deportes de riesgo con medidas de seguridad: drama sin trauma.
Mito 4: «Ver terror te vuelve insensible o te trauma»
Realidad: en dosis normales, el miedo controlado es hasta útil. Varios psicólogos describen el terror como un ensayo de supervivencia: nuestro cerebro practica respuestas ante amenazas en un entorno seguro, como un simulacro. Además funciona como catarsis: canalizar la ansiedad cotidiana a través de una historia con principio y fin alivia tensiones reales.
Eso sí, hay matices: cada persona tiene su umbral, y forzarlo no tiene gracia. Si una película te deja mal de verdad, no es «aguantar», es escucharte. El placer está en el susto que tú eliges.
La socióloga Margee Kerr, que pasó años estudiando a los visitantes de casas del terror, encontró algo revelador: quienes más disfrutaban eran los que salían sintiéndose capaces, como si hubieran superado una prueba. El susto controlado funciona como un simulacro de valentía: tu cuerpo vive la emergencia, tu mente sabe que es mentira, y al final te quedas con la mejor parte de ambas.
Mito 5: «A todo el mundo le gusta el terror por igual»
Realidad: hay cerebros más «buscadores de sensaciones» que otros. La psicología de la personalidad muestra que quienes puntúan alto en búsqueda de sensaciones disfrutan más del terror, igual que prefieren la montaña rusa más alta. También influye lo social: ver una peli de miedo en grupo —gritar juntos, reírse después— refuerza los vínculos, y esa parte social es para muchos la mitad del placer.

El experimento que nos regaló la pandemia
En 2020, el investigador Coltan Scrivner y el propio Mathias Clasen, del Recreational Fear Lab de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), se hicieron una pregunta que empezó casi en broma en redes sociales: ¿aguantaron mejor la pandemia los fans del terror? La respuesta, publicada en la revista Personality and Individual Differences con 310 voluntarios, fue que sí: quienes veían mucho cine de terror —y quienes tenían alta «curiosidad mórbida»— mostraron menos angustia psicológica durante la pandemia.
La explicación de Clasen es memorable: el miedo controlado funciona «casi como una vacuna», una pequeña dosis de lo malo que entrena tu tolerancia. Las estrategias que usas para regular el miedo viendo una película —respirar hondo, relativizar, recordarte que es ficción— son exactamente las mismas que usas ante una amenaza real. Dicho de otro modo: quienes ya habían sobrevivido a ocho apocalipsis zombis de ficción llevaron mejor el apocalipsis real.
El punto dulce del miedo (sí, tiene forma de arcoíris)
Otro hallazgo del laboratorio danés, esta vez en una casa del terror real en 2017, puso números al placer: los visitantes llevaban sensores que medían su activación fisiológica, y el disfrute dibujó una curva en forma de arcoíris. Muy poco miedo, aburrimiento; demasiado miedo, mal rollo; el pico de disfrute está justo en el medio, en un punto dulce que cada persona encuentra por prueba y error.
Por eso dos personas pueden salir de la misma película con opiniones opuestas: tienen umbrales distintos. Y no somos una minoría rara: una encuesta del propio Clasen con 1.187 adultos mostró que el 81% consume terror varias veces al año y el 55% dice disfrutarlo abiertamente. La búsqueda de sensaciones —ese rasgo de personalidad que también te hace pedir la salsa más picante— es lo que mejor predice quién disfruta más pasando miedo.
Cómo sacarle partido al miedo este Halloween
Si la ciencia dice que el miedo controlado sienta bien, aprovéchalo:
- Maratón progresiva: empieza con terror ligero (comedia de terror) y sube el nivel cada noche. Tu tolerancia se entrena.
- En compañía, mejor: el susto compartido multiplica el placer y la risa posterior. Organiza la noche de pelis con amigos.
- Casa del terror real: si las pelis ya no te hacen nada, una atracción con actores es el siguiente nivel de «peligro controlado».
- Respeta tu límite: el punto dulce está justo antes de pasarlo mal. Si dejas de divertirte, cambia de plan sin culpa.
Así que ya lo sabes: no eres raro por disfrutar pasando miedo. Eres un mamífero con un cerebro que adora los simulacros de peligro bien contados. Este octubre, con estrenos como la inquietante «Verity» en cartelera, tienes la excusa perfecta para un maratón de terror. Y si lo tuyo son los miedos más… literales, prueba con las serpientes voladoras. Después, eso sí, duerme bien: dormir ocho horas también es un placer infravalorado.













