«Remember, remember, the Fifth of November, the Gunpowder Treason and Plot». Recuerda, recuerda el 5 de noviembre. El verso lleva repitiéndose más de 420 años y hoy, 5 de noviembre, el Reino Unido lo celebra con hogueras y fuegos artificiales en la Bonfire Night, mientras media internet comparte la imagen de una máscara blanca con bigote y sonrisa irónica. Detrás de la fiesta y de la máscara hay una historia real de fanatismo, pólvora y una carta que lo arruinó todo… y un malentendido que dura siglos: Guy Fawkes no era el jefe del complot.
Inglaterra, 1605: un reino dividido por la religión
Para entender el complot hay que mirar el clima del país. Inglaterra estaba gobernada por el rey protestante Jacobo I, y los católicos ingleses vivían bajo una persecución constante: multas por no asistir a los oficios protestantes, sacerdotes clandestinos y la amenaza permanente de la cárcel. Un grupo de católicos llegó a la conclusión de que la única salida era un golpe descomunal: volar el Parlamento el día de su apertura, con el rey dentro, y provocar una revuelta. No era un atentado simbólico: era un intento de cambiar el régimen de un solo estallido.
El cerebro era otro: Robert Catesby
El líder y cerebro del plan se llamaba Robert Catesby, un noble carismático y convencido que reclutó a los conspiradores uno a uno. A Guy Fawkes lo trajeron por una razón muy concreta: era el experto en explosivos. Fawkes había pasado diez años como soldado mercenario en el ejército del Imperio Español en Flandes —donde incluso firmaba como «Guido Fawkes»— y sabía de pólvora y minas de guerra más que ningún otro miembro del grupo. Su trabajo no era idear el complot: era ejecutarlo. La historia, sin embargo, se quedó con su nombre y su cara, y olvidó casi por completo al verdadero jefe.
36 barriles bajo el trono
El plan era de una audacia temeraria. Los conspiradores alquilaron una bodega subterránea situada justo debajo del salón de la Cámara de los Lores, donde el rey abriría las sesiones del Parlamento. Allí escondieron 36 barriles de pólvora, unos 2.500 kilos, cubiertos con leña y carbón para disimularlos. La explosión habría reducido a escombros el Parlamento y buena parte de la abadía de Westminster, matando al rey, a su heredero y a la élite política del país de un golpe. Fawkes quedó como custodio de la bodega, esperando la noche señalada con las mechas preparadas.
La carta que lo arruinó todo
El complot no lo desbarató ningún espía brillante: lo desbarató la conciencia de uno de los suyos. Un conspirador envió una carta anónima a su cuñado católico, Lord Monteagle, para salvarle la vida: «No vayas al Parlamento el 5 de noviembre, porque recibirá un terrible golpe». Monteagle hizo lo contrario de lo esperado: le entregó la carta al rey. La noche del 4 al 5 de noviembre de 1605, los guardias registraron los sótanos y encontraron a Guy Fawkes solo en la oscuridad, con una linterna, un reloj de bolsillo y las mechas en las manos, a horas de encender los 36 barriles.
Fawkes fue torturado en la Torre de Londres —su firma, temblorosa en la confesión, todavía se conserva— y ejecutado el 31 de enero de 1606. Catesby y otros conspiradores murieron días antes, en un tiroteo cuando intentaban huir y levantar la revuelta ya sin sorpresa ni pólvora. El complot de la pólvora había fracasado, pero acababa de nacer una fiesta: el Parlamento decretó celebrar cada 5 de noviembre el fracaso del atentado, y la tradición de las hogueras con muñecos —los «guys» que los niños paseaban pidiendo «a penny for the guy»— se mantuvo durante siglos. Europa conoce bien estas persecuciones y hogueras convertidas en relato popular; la historia de la Europa de las hogueras tiene otro capítulo en la caza de brujas y los aquelarres.
De fanático a héroe pop: la novela gráfica y la película
El giro más improbable llegó en 1982, cuando el escritor Alan Moore y el dibujante David Lloyd crearon la novela gráfica V for Vendetta. Su protagonista, «V», es un anarquista enmascarado que lucha contra un régimen fascista en una Gran Bretaña distópica y que adopta la cara de Guy Fawkes —esa sonrisa burlona, ese bigote— como su rostro permanente. La obra se llevó al cine en 2005, dirigida por James McTeigue con producción de las hermanas Wachowski y con Hugo Weaving y Natalie Portman, y convirtió la máscara en un fenómeno global: millones de personas conocieron a Fawkes por la película, no por los libros de historia.
Anonymous y la segunda vida de la máscara
La consagración definitiva llegó en 2008, cuando el colectivo de hacktivistas Anonymous adoptó la máscara de V como su rostro universal en protestas y acciones en internet. Desde entonces aparece en manifestaciones de medio mundo, de movimientos antigubernamentales a campañas por la libertad en la red. La ironía es mayúscula: Fawkes no luchaba por la libertad ni contra la tiranía en abstracto; era un fanático religioso que quería imponer un régimen de su propia confesión volando el Parlamento. El hombre real y el símbolo se parecen solo en la cara.
El fenómeno tiene algo en común con otros personajes de la época deformados por la cultura pop: el Vlad Tepes de carne y hueso tampoco se parece al conde de las novelas, como contamos en la historia real del hombre que inspiró a Drácula. La historia propone un personaje y los siglos disponen el disfraz.
Qué celebran hoy los británicos (y qué dejaron de celebrar)
La Bonfire Night actual poco tiene que ver con su origen. Nació como una fiesta oficial de acción de gracias con un marcado componente anticatólico —durante siglos, entre los muñecos quemados figuraban caricaturas del Papa—, pero con el tiempo se fue vaciando de ese contenido y convirtiéndose en lo que es hoy: la noche familiar de hogueras y fuegos artificiales que abre la temporada fría en el Reino Unido. Algunas celebraciones mantienen tradiciones propias muy vivas, como las de Lewes, en Sussex, famosas por sus procesiones con antorchas y por quemar efigies satíricas de políticos del momento: cada año, los «guys» de Lewes incluyen a figuras públicas actuales, y la hoguera funciona como una viñeta de periódico a tamaño monumental.
La paradoja final: Warner cobra por la máscara de los anarquistas
La historia guarda una última ironía que ni Moore ni Lloyd se cansan de señalar. La máscara que millones de personas usan para protestar contra las corporaciones es un producto licenciado: cada máscara oficial de Guy Fawkes que se vende genera ingresos para el conglomerado propietario de los derechos de la película. El símbolo mundial de la rebeldía antisistema es, en la práctica, merchandising de una multinacional del entretenimiento. A David Lloyd, cocreador del personaje, la paradoja le parece parte del fenómeno: la máscara escapó de sus manos hace mucho, y su significado lo escriben ahora quienes se la ponen cada 5 de noviembre y en cada protesta, no quien la dibujó en 1982.
Un «Guy» en cada pueblo: así se vive la noche
Para hacerse una idea de la escala actual de la fiesta: durante semanas, los niños británicos paseaban su muñeco casero —ropa vieja rellena de paja, con su cara pintada— pidiendo «a penny for the guy» para comprar fuegos artificiales, una costumbre en retroceso pero aún reconocible. La noche del 5, los pueblos encienden sus hogueras en plazas y prados, se venden patatas asadas y sidra caliente, y los ayuntamientos organizan espectáculos pirotécnicos que reúnen a miles de personas. Después de la Navidad, es la noche del año en que más británicos miran al mismo tiempo hacia el mismo cielo. Que todo ese despliegue celebre, en origen, que una explosión NO ocurrió es una de esas bromas largas que solo la historia puede firmar.
Un detalle que ayuda a medir la distancia entre el Fawkes real y el mito: en su época nadie lo consideró un héroe romántico. Fue juzgado como traidor, su nombre se convirtió en sinónimo de villano y durante siglos el muñeco que se quemaba cada 5 de noviembre era su efigie, entre aplausos. El héroe enmascarado que hoy lo representa es una reinvención del siglo XX, construida por dos autores de cómics que tomaron la cara del villano oficial y la convirtieron en sonrisa de resistencia. Que la operación funcionara tan bien dice menos de Fawkes que de nosotros: cada época fabrica con el pasado el símbolo que necesita.
Esta noche, hogueras
Hoy, 5 de noviembre, miles de hogueras volverán a arder en pueblos y ciudades británicas, se quemarán muñecos de «Guy» como se ha hecho durante cuatro siglos y la máscara blanca inundará las redes una vez más. Fawkes perdió: su complot fracasó, su nombre quedó unido a la traición y durante generaciones fue el villano oficial de la fiesta. Pero consiguió algo que ningún conspirador de su época logró: que nadie, jamás, olvide la fecha. Recuerda, recuerda el 5 de noviembre. Cuatrocientos veinte años después, seguimos recordando.










