El Jueves Negro del 24 de octubre de 1929 no fue solo un mal día en la bolsa: fue el día en que el optimismo de una década entera se rompió en pedazos. En apenas unas horas, 12,9 millones de acciones salieron a la venta sin encontrar comprador, el índice Dow Jones llegó a perder un 22,6% en plena jornada y las calles de Wall Street se llenaron de rumores, miedo y corredores al borde del colapso. Noventa y siete años después, esta es la crónica hora a hora de aquel jueves que cambió la economía mundial.
La víspera: todo parecía normal
Para entender el Jueves Negro hay que viajar al verano de 1929. El 3 de septiembre, el Dow Jones había tocado su máximo histórico: 381,17 puntos, cuatro veces más que a principios de la década. Estados Unidos vivía los «felices años veinte» y comprar acciones a crédito se había convertido en el deporte nacional: los brokers habían prestado más de 8.000 millones de dólares a pequeños inversores, más que todo el efectivo en circulación en el país.
El 17 de octubre, el economista más prestigioso del mundo, Irving Fisher, proclamó que las acciones habían alcanzado «una meseta permanentemente alta». Nueve días después, la meseta se vino abajo. Los días 18, 19 y 23 de octubre hubo ya ventas masivas que encendieron las alarmas, pero casi nadie imaginaba lo que vendría.

9:30 de la mañana: se abre la sesión y llega la avalancha
La campana de apertura sonó como cada día, pero aquella mañana las órdenes de venta inundaron las oficinas de los brokers antes incluso de que el mercado respirara. Miles de inversores querían vender a la vez y, lo más aterrador, casi no había compradores a ningún precio. Las acciones colapsaban en cascada mientras el teletipo —el lento «feed en vivo» de la época— no daba abasto para imprimir las cotizaciones.
Mediodía: el Dow pierde un 22,6%
Hacia las doce del mediodía, el índice Dow Jones había perdido un 22,6% de su valor. Fuera del edificio de la Bolsa, la tensión explotó: se produjo un tumulto cuando los guardias y la policía impidieron la entrada de los accionistas, y la galería de visitantes tuvo que cerrarse. Circulaban rumores de que algunos especuladores se habían suicidado y de que las bolsas de Chicago y Buffalo habían cerrado, lo que desató aún más pánico.
La reunión secreta de los banqueros
En medio del caos, cinco de los banqueros más poderosos de Nueva York se encerraron en la sede de J. P. Morgan & Co. durante unos veinte minutos. Al salir, Thomas Lamont, uno de los líderes de Morgan, declaró que solo había habido «una pequeña cantidad de ventas por condiciones técnicas» y que la mayoría de las cotizaciones «no representaban fielmente la situación». El mensaje era claro: los grandes bancos iban a intervenir para sostener los precios.

13:30: el gesto teatral de Richard Whitney
La intervención llegó de la forma más dramática posible. Richard Whitney, vicepresidente de la Bolsa de Nueva York, se acercó al puesto de cotizaciones de US Steel, preguntó el precio de mercado (195 dólares) y anunció en voz alta que compraba 25.000 acciones a 205. Repitió la operación en una docena de puestos de los principales valores. Era puro teatro financiero —y funcionó: los precios se recuperaron con rapidez.
El cierre: solo un 2,1% abajo
Gracias a la intervención bancaria, las pérdidas totales de la jornada se limitaron al 2,1%: el Dow cerró en 299,47 puntos. Montgomery Ward, por ejemplo, abrió a 83 dólares, cayó a 50 al mediodía y cerró en 74. Hasta el presidente Hoover declaró que «la base fundamental del país se encuentra en un estado sólido y próspero». Wall Street respiró aliviada. Fue una calma totalmente falsa.
El fin de semana que engañó a todos
Los periódicos del fin de semana hablaron de «reajuste técnico» y de un mercado saneado. Pero el lunes 28 de octubre —el Lunes Negro— el Dow perdió un 13% en una sola sesión, esta vez sin que los bancos intervinieran. Y el martes 29, el Martes Negro, se vendieron 16,4 millones de acciones en pánico: la bolsa perdió 14.000 millones de dólares en un solo día. En total, el crash evaporó 30.000 millones, «diez veces más que el presupuesto anual del gobierno federal», según los cálculos de la época.

El legado: de la Gran Depresión a las reglas de hoy
En seis semanas, la bolsa había perdido la mitad de su valor máximo. El Dow no tocaría fondo hasta el 8 de junio de 1932, en 41,22 puntos: una caída del 89%. Más de 5.000 bancos quebraron, el desempleo llegó al 25% y el mundo entró en la Gran Depresión, que duraría casi una década.
El Jueves Negro también dejó lecciones que siguen vigentes: nacieron las regulaciones financieras modernas y la idea de que ningún mercado «sube para siempre», por más que un premio Nobel diga lo contrario. Irving Fisher, por cierto, perdió toda su fortuna personal en el crash.
«Ha habido una pequeña cantidad de ventas en la Bolsa debido a las condiciones técnicas en el mercado. La situación es susceptible de mejorar». — Thomas Lamont, J. P. Morgan, 24 de octubre de 1929
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