Cada Halloween, los murciélagos aparecen en decoraciones, disfraces y películas como símbolo de lo oscuro y lo peligroso. Pobres bichos: casi todo lo que creemos sobre ellos es falso. No son ciegos, no quieren tu sangre y desde luego no están planeando enredarse en tu pelo. Son, eso sí, los únicos mamíferos capaces de volar de verdad, comen toneladas de insectos y polinizan plantas. Hora de hacer justicia: estos son los mitos más famosos de los murciélagos, frente a frente con la realidad.

Mito 1: «son ciegos»
La realidad: los murciélagos ven perfectamente bien. La expresión «ciego como un murciélago» es uno de esos dichos que sobrevivieron a base de repetirse, pero la biología dice otra cosa: tienen buena visión tanto con poca luz como con luz brillante, y muchas especies la usan activamente.
Lo que sí hacen —y aquí está la confusión— es navegar en la oscuridad total con ecolocalización: emiten pulsos de sonido de alta frecuencia, inaudibles para nosotros, y «leen» los ecos que rebotan en los objetos. Es un sistema tan preciso que pueden detectar e interceptar un insecto del tamaño de un grano de arroz volando a 30 km/h en plena noche, y esquivar obstáculos tan finos como un cabello humano. No es que no vean: es que además tienen un sexto sentido.
Mito 2: «todos chupan sangre»
La realidad: de las aproximadamente 1.400 especies de murciélagos que existen en el mundo —casi una de cada cinco especies de mamíferos—, solo tres se alimentan de sangre. Tres. Y viven únicamente en Latinoamérica, donde se alimentan sobre todo de ganado y aves, no de humanos dormidos.
El resto del menú es de lo más variado: alrededor del 70 % de las especies son insectívoras, y las demás comen fruta, néctar y polen. Culpar a 1.400 especies por lo que hacen tres es como juzgar a todos los perros por el que una vez te ladró.
Mito 3: «se te van a enredar en el pelo»
La realidad: un animal capaz de esquivar un cabello humano en pleno vuelo no va a estrellarse contra tu cabeza por torpeza. Cuando un murciélago «se acerca» a una persona, casi siempre está cazando: los insectos se sienten atraídos por tu calor y por el dióxido de carbono que exhalas. Tú no eres el objetivo; eres el cebo.
Si alguna vez uno pasó rozándote al atardecer, lo más probable es que estuviera haciendo su trabajo: un solo murciélago puede atrapar cientos de insectos en una hora y comer cada noche entre el 30 % y el 50 % de su peso corporal. Eres, literalmente, su restaurante favorito.

Mito 4: «no sirven para nada»
La realidad: son uno de los mejores aliados que tiene la agricultura. Como depredadores nocturnos de polillas, escarabajos y mosquitos, una colonia sana de murciélagos protege cultivos y jardines de plagas como el gusano del maíz o la polilla del repollo. Cada polilla hembra puede poner miles de huevos, así que comerse unas pocas tiene un efecto exponencial.
Y no solo comen bichos: muchas especies son polinizadores clave y dispersan semillas. Hay plantas tropicales que dependen por completo de los murciélagos para reproducirse. Sin ellos, adiós a varios de tus alimentos y bebidas favoritas —el agave, por ejemplo, tiene en los murciélagos a unos de sus principales polinizadores.
Además, un dato para presumir en la cena de Halloween: son los únicos mamíferos capaces de volar de verdad. Las ardillas voladoras y los colugos solo planean; los murciélagos baten sus alas, formadas por dedos larguísimos unidos por una membrana de piel. El orden científico se llama Chiroptera, que en griego significa «mano-ala». Poético y exacto.

Mito 5: «son peligrosos, mejor lejos»
La realidad, con matices: este mito necesita honestidad, no solo desmentido. Como cualquier mamífero salvaje, los murciélagos pueden transmitir enfermedades —la rabia es la más citada— en algunas regiones. Pero el riesgo real para ti, de un murciélago al que no tocas, es mínimo. La regla es simple y vale para cualquier animal silvestre: no los manipules. Si encuentras uno en el suelo, llama a un grupo local de rescate de fauna en lugar de recogerlo.
Ver murciélagos al atardecer, tenerlos cerca de casa o escucharlos no es peligroso. Tocarlos sin saber, sí. Es una diferencia importante, y es la misma que aplicarías con un zorro, un erizo o cualquier vecino salvaje.
65 millones de años de historia
Y no son unos recién llegados: un gran estudio publicado en 2026 en la revista Nature, que combinó 103 genomas de alta calidad con 44 fósiles de todo el mundo, sitúa el origen de los murciélagos en Europa hace unos 65 millones de años, justo después de la extinción de los dinosaurios. Lo más fascinante es que el vuelo activo y la ecolocalización ya estaban presentes casi desde el principio de su historia. Llevan 65 millones de años perfeccionando lo que hacen; nosotros llevamos apenas unos siglos intentando entenderlos.
Esa historia tan larga explica su diversidad: 21 familias reconocidas y tamaños que van del murciélago abejorro —apenas 3 centímetros, uno de los mamíferos más pequeños del mundo— al zorro volador de corona dorada, con 1,7 metros de envergadura. Juzgar a todo ese linaje por tres especies hematófagas es, como mínimo, injusto.
Por qué Halloween los eligió (y por qué no se lo merecen)
El murciélago acabó en el imaginario de Halloween por asociación: criatura nocturna, asociada a cuevas, castillos y vampiros literarios. La cultura popular hizo el resto. Pero la próxima vez que veas uno recortado en una ventana decorada, recuerda al animal real: un mamífero que vuela con las manos, que «ve» con el sonido, que se come tus mosquitos gratis y que lleva 65 millones de años perfeccionando todo eso.
Los incomprendidos de Halloween, en realidad, son unos héroes discretos. Si te gustan los animales que rompen estereotipos, descubre qué piensan los gatos de nosotros, alucina con las serpientes que «vuelan» o mira lo que tus plantas dicen de tu personalidad: el reino animal nunca deja de sorprender.













